
Hace calor, pero en el sur siempre hay una brisa refrescante que tranquiliza el cuerpo.
Es verano y en el cielo no hay ni un rasgo de una posible lluvia. Azul. Azul.
La lluvia del sur tiene otro sonido. Me provoca una sensación distinta a la de la ciudad.
Esta lluvia me hace respirar con tranquilidad. Me protege. Me abraza maternalmente. Me limpia. Puedo estar sólo sin la necesidad de un brazo cobijador (en la ciudad necesito hundirme, casi esconderme en cuerpo de alguien).
Acá la lluvia es real.
Es de siempre. Y siempre ha sido tranquilidad para mi. No me perturba su rebote en el techo. No me aprieta el estómago con angustia.
La lluvia no me afecta, no me duele ni se me entierra en el cuerpo dolorosamente, no me sangra, no me moja.
La lluvia es calor, es más fuego en la estufa, es más agua tibia en la ducha.
Una burbuja en la que floto con los ojos entreabiertos, dando giros espirales suaves y lentos, como un temblor en cámara lenta.
Y lo sé.
Y lo siento.
Y mis ojos todavía saben ver, mis orejas las limpio de vez en cuando, mi nariz me la sueno con fuerza, a veces en la ducha otras en la calle y mis manos reciben crema humectante cuando alguien se apiada de mi.
Y sigo anclado en la cama.
Tibia.
Mi cuerpo inscrito.
Inmóvil.
Helado alrededor.
El verano se me hace agua en las manos.
Me gustaría tirarte un chorro y que te refresques conmigo, bajo la lluvia o sumergidos en el lago.
Después te invito un centella.