
Cuando viajo en micro me gusta mirar por la ventana. Especialmente en la noche, cuando la gente regresa a sus casas, cansados después del trabajo.
Me subo sin permiso a los autos que pasan y se detienen a un lado. Pienso que sucede dentro, intento meterme en cuerpos y cabezas ajenas.
Y en 5 minutos puedo estar enojado, contento, borracho, preocupado, angustiado.
Me gusta imaginar ser otro pasajero, invisible y espectador de todo.
Y generalmente mi sensación es triste, de desgano absoluto, de pocas energías. Me cambio de auto y casi siempre pasa lo mismo.
La gente fuma. Habla por su teléfono. Se callan. Ríen. Conversan y el camino sigue, el auto sigue cruzando las calles de Santiago, pasando semáforos, en verde, en amarillo y a veces, sólo a veces en rojo. Y yo sigo un poco triste. Sin ganas.
Todo sigue.
Casi sin freno, camino a nada, pero yo pienso que el camino es a sus casas, al descanso, al refugio.
Vuelvo a la micro, a las personas, a sus caras y pasa lo mismo que con los autos. Todo comienza a repetirse, pero con más frío.
OYE!!! que soy volado asi.