El día está despejado y radiante. Corre un brisa agradable y el aire está tibio.Los árboles se mueven y suenan con el viento. Es un día colorido.
Pero estoy un poco desanimado, lento, aletargado.
Me fumo un cigarro y siento un sabor asqueroso. Sabor a alcohol, a carrete, a cebolla cruda de ensalada. Tengo sed y tomo agua, no me refresaca ni me limpia.
No tengo plata y estoy naufrago y perdido en Osorno.
Quiero volver a mi casa y las horas pasan sin movimiento. Quiero un refugio.
No quiero caminar a la carretera y levantar el dedo para que alguien me lleva.
Mi amigo Lucas también está en la banca rota, solo en su casa, sin nadie a quien recurrir para que le preste plata y darme para mi pasaje.
(maldito dinero)
Me gasté todo en un fin de semana y debo esperar hasta el jueves para volver a ser un consumista con propiedad.
Me rasco el pelo, lo tengo sucio, grasiento, pegajoso.
Dice de mi. De mi estado. De mi ánimo.
Quiero una ducha, limpiarme para siempre. No quiero estar sucio, no quiero sentirme así. Pero el agua y el jabón no sirven para revitalizarme. Necesito un baño de cloro para quedar blanco y puro.
Mi amiga Francisca me dijo un cliché, "el primer paso para dejar el vicio es reconocerlos". Y mi suciedad es un vicio, de esos que cuesta dejar, de esos que destruyen de a poco.
Necesito un rumbo y no lo encuentro, y no sé si lo busco con la conciencia clara.
Mi horizonte está nublado, brumoso y gris. Quisiera escapar, pero ya no es el momento de las cobardías baratas, cobardías regaladas en promociones navideñas.
.
.
.
Me cansé.
Y me gusta estarlo.
.
.
.
Al menos sigo viendo.





















